08 julio 2008

Por Ivan Krastev
(Este artículo pertenece al periódico electrónico de junio de 2008 “Los mercados y la democracia”. Para consultar los demás artículos de este periódico haga clic a la derecha).
Según Ivan Krastev, autor de este artículo, antes se temía que Europa Central aceptara la democracia y rechazara la economía de mercado, pero en la actualidad Europa Central ha aceptado el libre mercado y se siente insatisfecha con la democracia. Krastev es director del Centro de Estrategias Liberales de Sofía (Bulgaria).
Hoy día, los historiadores han cedido a la tentación de relatar la transición de Europa Central y Europa Oriental hacia el poscomunismo como la historia de una atracción irresistible entre la democracia y el capitalismo. Sin embargo, hace 20 años muchos temían que fuese una historia de terror.
Aunque los estudiosos de teoría política solían convenir en que la democracia y el capitalismo son socios naturales, y que el libre mercado y las políticas competitivas terminan, a la larga, por reforzarse mutuamente, el temor que imperaba era que las reformas políticas y económicas necesarias para la transformación de las sociedades de Europa del Este se cancelarían mutuamente.
Cómo se puede dar a la población la potestad de hacer lo que quiera y luego esperar que elijan políticas que ocasionarán, al menos al principio, subidas de precios, aumentos en la tasa de desempleo y mayor desigualdad social; he aquí el dilema que afrontan las transiciones poscomunistas.
En la opinión del sociólogo alemán Claus Offe: “una economía de mercado sólo puede ponerse en marcha bajo condiciones predemocráticas”. La autoridad en ciencias políticas de Polonia y activista de Solidaridad, Jadwiga Staniskis, estaba convencida de que “mientras no existan las bases económicas de una sociedad civil genuina, la movilización política en masa de la población sólo será posible de acuerdo a líneas de pensamiento nacionalistas o fundamentalistas”.
En pocas palabras, se pensaba que Europa Central estaba condenada a elegir entre el socialismo mercantil o el capitalismo autoritario. Afortunadamente, a veces lo que no funciona en teoría sí funciona en la práctica.
Europa Central y Oriental realizaron simultáneamente la transición hacia la economía de mercado y la democracia. El origen del éxito fue una mezcla mágica de ideas, emociones, circunstancias y liderazgo.
Apoyo para cambios económicos

El legado del comunismo fue el aliado natural de los reformistas en la transformación de las sociedades de Europa Central. La gente, ansiosa por romper con el comunismo, tuvo paciencia y dio su apoyo a las reformas. Los primeros años de la década de 1990 fueron tiempos surrealistas en los que los sindicatos defendían la reducción de puestos de trabajo y los partidos ex comunistas ansiaban privatizar la economía.
Había mucho resentimiento contra el capitalismo, pero no había partido o discurso político capaz de movilizar a los perdedores en la transición. El comunismo había socavado la capacidad de la sociedad de emprender acciones colectivas atendiendo a distinciones de clase. Cualquier crítica del mercado se igualaba a la nostalgia por el comunismo. Motivados por su ideología, como los grupos de las elites anticomunistas de la oposición, y por sus intereses, como las elites ex comunistas, ambos grupos dieron su apoyo a los cambios económicos.
La nostalgia del pueblo por el “retorno a Europa”, fortalecida por la atracción que ejercían la Unión Europea y la OTAN (Organización del Tratado de Atlántico Norte), permitió a las sociedades reconciliar los instintos redistribuidores de la democracia con la necesidad de una visión de futuro y paciencia como condiciones previas al éxito económico. Tuvo resultados distintos en distintos países, pero la integración euroatlántica aseguró la continuación de las reformas económicas y garantizó protecciones contra las represalias políticas.
El éxito de la transición poscomunista llevó a una nueva generación de estudiosos de teoría política a replantearse las oportunidades para la aparición simultánea de la democracia y el capitalismo. Lo que antes se había considerado un caso fortuito fue declarado ley natural. La democracia y el capitalismo ya no se consideraban una feliz pareja, sino mellizos idénticos.
El escepticismo por la democracia
La tendencia fue de ignorar las tensiones entre la democracia y el capitalismo. Sin embargo, sólo basta con observar la experiencia de países como Rusia, China o Venezuela para ser escéptico con la tendencia natural del capitalismo a conducir hacia la democracia, y de la tendencia natural de la democracia a apoyar el capitalismo.
La experiencia de Europa Central también necesita un replanteamiento. Un año después de que las democracias centroeuropeas se asociaran a la Unión Europea, la región experimentó el auge del populismo y el nacionalismo. La insatisfacción con la democracia sigue creciendo, y, según la encuesta mundial Voz del Pueblo 2006, Europa Central es, pese a todas las expectativas, la región del mundo donde los ciudadanos son más escépticos con los méritos de la democracia.
En toda la región, el público desconfía de los políticos y los partidos políticos. Consideran que la clase política es corrupta y se preocupa de sus intereses propios. La transición fue un éxito rotundo en Europa Central, pero produjo rápidamente una estratificación social que afectó adversamente a muchos en tanto que elevó a unos pocos privilegiados.
Fueron muchas las vidas destruidas y las esperanzas traicionadas durante la época de la transición. El hecho de que los principales ganadores de la transición fueran personas educadas y con buenas conexiones, vinculadas al antiguo régimen, tampoco contribuyó a su aceptación. Ahora se considera que las democracias poscomunistas han sido no un triunfo del igualitarismo, sino de las elites comunistas que se oponen al igualitarismo y de las elites de la oposición que se oponen al comunismo.
Las limitaciones externas impuestas a los países a su entrada a la Unión Europea fueron esenciales para el éxito de las reformas, pero contribuyeron a la percepción de que eran democracias sin opciones reales.
Hace veinte años los estudiosos de teoría política temían que las nuevas democracias pudiesen no tener gusto para el capitalismo. Lo que se observa hoy es que la mayoría de la población de Europa Central confía más en el mercado que en las urnas.
Las opiniones expresadas en este artículo no reflejan necesariamente el punto de vista ni la política del gobierno de Estados Unidos.