08 julio 2008

Por Anders Åslund
(Este artículo pertenece al periódico electrónico de junio de 2008 “Los mercados y la democracia”. Para consultar los demás artículos de este periódico haga clic a la derecha).
Según Anders Åslund, Rusia ha regresado al gobierno autoritario, a pesar del auge económico, el nivel de educación de su población y la relativa apertura de su sociedad. Señala que esto se debe a la corrupción. Åslund, investigador residente del Peterson Institute for International Economics, es autor de la obra Russia’s Capitalist Revolution: Why Market Reform Succeeded and Democracy Failed (Peterson Institute for International Economics, 2007).
Durante las tres últimas décadas, la democracia se ha extendido de modo extraordinario por todo el mundo. Lo que el politólogo Samuel Huntington denominó como la “tercera ola” de democratización, que comenzó en España y Portugal a mediados de la década de 1970, ha aumentado el número de democracias en el mundo de 41 en 1974, a 123 en 2007, según la evaluación autorizada de Freedom House. Por primera vez en la historia del mundo, la mayoría de los seres humanos vive en países democráticos.
En un artículo seminal publicado en 1959, el influyente sociólogo político Seymour Martin Lipset observó que la probabilidad de que un país llegara a ser democrático aumentaba con sus niveles de ingreso, la educación de su población y la apertura al comercio exterior y a viajar fuera del país.
Puesto que los ingresos mundiales, la educación y la apertura han aumentado enormemente en las últimas décadas, el avance de la democracia no es sorprendente. En general, la democracia y los mercados libres van de la mano, aunque la correlación no sea demasiado estrecha.
Con todo, en los últimos años unos pocos países han dado la espalda a la democracia. Los ejemplos más destacados son Rusia, Nigeria y Venezuela, y este artículo se enfoca en Rusia. Muchos también señalan a China, que ha crecido implacablemente durante tres décadas y aún así permanece sólidamente autoritaria.
En un artículo reciente, el intelectual neoconservador Ropbert Kagan observa: “Ahora parece que cuanta más riqueza adquiera un país, bien sea China o Rusia, más fácil les resulta a los autócratas retener el poder. La mayor abundancia de dinero mantiene contenta a la burguesía y permite al gobierno realizar detenciones en masa de los pocos descontentos que dan a conocer sus opiniones en Internet”.
Aún así, es demasiado pronto para llegar a conclusiones tan pesimistas. A diferencia de Rusia, China es todavía un país en desarrollo. Aún hoy su producto interno bruto per cápita, al tipo de cambio actual, es solamente un cuarto del de Rusia. Según las pautas tradicionales de Lipset, esperaríamos que China fuera autoritaria.
Una contradicción
Rusia, sin embargo, es un país demasiado rico, con demasiado nivel educativo y demasiado abierto para ser totalitario. Cuanto más rápidamente crece Rusia, mayor es esta contradicción entre un sistema político cada vez más obsoleto y una economía y sociedad que se modernizan a un ritmo veloz. Se ha convertido en un país atípico.

Actualmente, el producto interno bruto per cápita de Rusia, medido según la paridad del poder adquisitivo, es decir, el nivel de vida, es un respetable tercio del de la Unión Europea. Sólo ocho países en el mundo son más ricos que Rusia y todavía no son democráticos, a saber: Singapur y siete países petroleros pequeños. Rusia es a la vez más grande y menos dependiente del petróleo y el gas que cualquiera de estos otros estados petroleros autoritarios.
Numerosos politólogos señalan la actual abundancia de los ingresos petroleros de Rusia como la principal fuente de su sistema autoritario. En una excelente obra que lleva a cabo un análisis de regresión de muchos países, el profesor Steven Fish, de la Universidad de California en Berkeley, revela tres causas del autoritarismo en Rusia, a saber: demasiado petróleo, muy poca liberalización de las normas económicas y un poder legislativo demasiado débil.
El destacado experto en historia rusa, Richard Pipes, profesor de la universidad de Harvard, hace hincapié en la fuerte tradición autoritaria del país, tanto en su práctica como en su pensamiento. La actual nostalgia postimperial también contribuye, así como la estabilización posrevolucionaria. Los rusos están cansados de la política y atribuyen sus dificultades económicas de los años noventa no al colapso del comunismo, sino a la democracia posterior al comunismo. Elogian al ex presidente Vladimir Putin por el crecimiento económico sostenido de 7 por ciento anual desde 1999.
La interrogante de si es o no sostenible el autoritarismo de Rusia se contesta mejor aclarando su propósito. Desde 2003, cuando Rusia llegó a ser realmente autoritaria, no se han realizado reformas, así que ése no era el objetivo.
En cambio, el acontecimiento más notable ha sido la tendencia ascendente de la corrupción en Rusia, aunque generalmente la corrupción se reduce cuando un país aumenta su riqueza, y en la mayoría de los países poscomunistas ha descendido. Según Transparencia Internacional, el único país en el mundo que es más rico y más corrupto que Rusia es Guinea Ecuatorial, lo que difícilmente es norma digna de una gran nación histórica.
La corrupción a gran escala
Informes rusos independientes y fidedignos, como los de Vladimir Milov y Boris Nemtsov en Putin: The Results, dan a conocer los sobornos que se entregan en proyectos de infraestructura importantes, que ascienden a no menos del 20 al 50 por ciento del costo total del proyecto. Altos funcionarios rusos roban miles de millones de dólares del Estado y de sus empresas. Un grupo de agentes de inteligencia de la KGB forma parte de la dirección de cada empresa estatal y se aprovecha de su dinero y compra buenas compañías privadas con fondos del Estado y préstamos de bancos extranjeros.
Se supone que ningún país ha visto una corrupción de tan gran escala y alto nivel como en Rusia actualmente. Es difícil que esto pueda seguir por largo tiempo. El Estado se está volviendo demasiado disfuncional. La situación es insostenible aún a corto plazo. Cualquier mandatario ruso debería comenzar una campaña seria contra la corrupción, pero eso en sí mismo puede ser desestabilizador.
La corrupción se disparó a partir de la confiscación de la compañía petrolera Yukos que se inició en 2003. Desde entonces, una tras otra compañía grande privada, bien administrada, ha sido nacionalizada de nuevo. Curiosamente, no hay un objetivo ideológico, pero la nacionalización parece ser un medio para que los funcionarios del Estado incauten bienes de modo barato o extraigan sobornos.
Por consiguiente, el papel del Estado en la economía rusa ha ido acompañado por una creciente corrupción. Un mercado más libre reduciría la corrupción y entonces los altos funcionarios no necesitarían tanto autoritarismo. El Estado canaliza la riqueza que proviene del petróleo a sus altos funcionarios y el mercado libre no permitiría hacer esto.
Lógicamente, esta corrupción a gran escala reduce el crecimiento económico. Actualmente, tanto la producción de petróleo como la de gas han comenzado a bajar. Rusia puede darse el lujo de su extensa corrupción sólo gracias al precio muy elevado del petróleo, que todavía aumenta. Si el precio del petróleo se moderara, el pueblo ruso preguntaría dónde ha desaparecido todo el dinero y lo que ya muchos saben sería evidente para todos.
Ningún Estado grande, con una población educada, ha logrado mantener un régimen autoritario o permanecer tan corrupto teniendo el nivel de desarrollo económico que tiene Rusia.
Las opiniones expresadas en este artículo no reflejan necesariamente el punto de vista ni la política del gobierno de Estados Unidos.